jueves, 16 de septiembre de 2010

La paura che...

Entonces pierdes el aliento. Justo en el momento en el que sabes que las cosas se suceden, ocurren, pasan, se olvidan...
Te despides de las cosas, de su lugar, su tamaño, su sabor, del minuto  en que decidiste tocarlas o simplemente rozarlas, incluirlas en tu vida. Te despides no tanto de la silla de aquel bar como del día en que entraste allí porque estaba lloviendo, como cualquier día de diciembre en la ciudad, y tus rodillas desfallecían y te sentaste en ella. Puedes despedirte incluso de una línea de autobus, de la familia de pájaros que se han instalado en tu alfeizar,  de su mala ortografía, de pegarte con los paraguas rotos cada lunes por la mañana, de no tener nada que hacer los domingos por la tarde, de aquel cielo que siempre esperaba una foto.
 Recorres las calles y sus olores, las frases que fueron dichas en cada mala esquina, y vuelves a vivir de nuevo. Te vives de nuevo. O crees hacerlo ,a veces, eso es suficiente.
A veces es demasiado poco.
Echas de menos los abrazos, la música, la lluvia, las tardes, las noches que ,en realidad, nunca tuviste. O sí...

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